La mañana del segundo día empezó bien, un fuerte desayuno proporcionado por Marco mientras enumeraba a todos los jugadores italianos en el Levante C.F. hizo que nuestros cuerpos revivieran y, mochilas en mano, salimos de la casa de huespedes dispuesto a dar unas vueltas finales a la ciudad.
De nuevo nos volvimos a equivocar de vaporetto y a aparecer en el Campo Santo así que, tras parar a ponerme otra capa de ropa a cubierto por una parada vacía de Vaporetto, nos pusimos a hacer el camino del día anterior. El día era casí más frio que el anterior y la lluvia cala-bobos seguía presente.
Como ya eramos unos expertos llegamos al puente de Rialto en poco tiempo atravesando las calles de tiendas del día anterior y, tras un periodo de reflexión decidimos que no nos podíamos ir de allí sin montar en una gondola. El precio por subir era alto y estandár entre todos los barquerod así que tras preguntar a un par de gondoleros no tuvimos más remedio que aceptarlo. Debo reconocer que el paseo nos encantó tanto a mi como a L, y aunque nos timó un poco dandonos una vuelta diez minutos más corta de lo que nos habían prometido la experiencia mereció la pena. Lo que más me dolió del momento fue cuando al acabar hubo un periodo de confusión en el que parecía que se habia olvidado que tenía que cobrarnos y yo estuve a punto de hacer honor a la "hermandad del puño cerrado" , pero el carabinieri que estaba a metro y medio y mi sentido de la vergüenza me hiceron no tener el valor final para cerrar bien el puño y largarme.
La experiencia de haber tenido que pagar la gondola me dio para estar tronado un par de horas de paseo aunque lo olvidé en cuanto entramos a comer a un sitio con mucho estilo donde nos atendió un camarero estirado y donde L estaba empeñada en que se movía todo a pesar de estar en tierra firme. Mi bolognesa no estaba mál aunque como siempre palmé ante el plato de L, unos tagliatelle a lo frutti di mare que estaban de muerte.
De ahí tuvimos que esprintar para llegar a comernos un tiramissu con un capuccino en una cafetería (casí) cercana a donde estabamos y, de ahi pagamos la meada más cara junto a los baños de la estación y cogimos el tren hacía Forlí que era donde esperaba nuestro avión.
Forlí es un aeropuerto de juguete, de esos que suelen usar las compañías de bajo coste y de donde salía nuestro vuelo de Ryanair. Como es costumbre en Ryanair a la hora de embarcar nos tuvieron media hora de pie hasta abrir la taquilla, sin ningún tipo de cola y formando el mayor caos posible.
De pie y con tensión en el ambiente nos dimos todos cuenta que el avión se estaba retrasando demasiado por la densa niebla. Mientras este llegaba al aeropuerto los azafatos fueron haciendo el check-in para los que teníamos prioridad web. Media hora después de habernos pedido las tarjetas los tripulantes de tierra de Ryanair salieron de la sala rapidito y juntitos, y poco después de las nueve de la noche se anunció por megafonia que el vuelo se suspendia por la densa niebla.
Y ahí empezó el caos! Junta españoles chillones y tramposos con italianos más chillones y más tramposos y tendrás la mayor locura desde Babel. Siendo los quintos en la cola L y yo tardamos hora y media en ser atendidos.
Ryanair solo se comprometía a dar plazas en el siguiente vuelo disponible a Valencia desde cualquier ciudad del mundo o a devolver el dinero, no se hacia cargo de alojamiento ni transportes al ser 'un problema de condiciones metereologicas adversas'.
Tuvimos que tomar un vuelo a las 19h de la tarde del día siguiente desde Pisa, ya conociamos el aeropuerto en el que estuvimos en junio y además estaba más cerca que la otra opción, Roma.
Tras esperar un rato para ver si conseguiamos que con la presión de la turba nos dieran alojamiento y transporte gratis decidimos hacer camino porque cada uno se estaba buscando la vida. Nuestra opción fue rápida, cruzar la carretera y alojarnos en el hotel del aeropuerto. Allí, mientrás pagabamos los cien euripides de la habitación el amable recepcionista me dejó escribir un e-mail a mi jefa para explicarle que al día siguiente no iba a llegar a la oficina. Tras eso fuimos a nuestro hogar para esa noche.
Nos dieron una habitación enorme, con bañera redonda y chimenea. Probablemente era la habitación picadero para los jefes y secretarías aunque esa noche iba a ser nuestra habitación.
El día siguiente se hizo largo, primero un pateo de 45 minutos a la estación de tren porque no había autobús desde el aeropuerto por la mañana y después tres trenes y cincuenta y cuatro euripides más nos llevaron hasta Pisa donde finalmente cogimos el avión que nos llevó a la 'terreta'.
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