Los días oscuros y lluviosos me traen recuerdos de mis principios en Londres. Cuando llegué allá por el octubre de 2004 no tenía mucho en los bolsillos, tan solo un par de miles de euros que tenía que estirar hasta que empezara a trabajar en alguna parte.
Durante el primer mes de mi nueva vida tenía un ritual diario basado en el ahorro como premisa. Me levantaba por la mañana, desayunaba con tostadas frías algo gomosas en el hostel y embutido en mi chaqueta militar verde del ejército alemán que pesaba un quintal cogía el metro en Notting Hill para ir hasta Chancery Lane. En general tenía que bajar una parada antes y caminar bajo la lluvia porque La Gran Irene venía a la misma academia de inglés, y cuando llegábamos a Holborn sudaba tanto que me imploraba que bajáramos mientras se despegaba el flequillo mojado de la frente.
Tras la academia volvía al hostel, dejaba los libros y me iba caminando a la biblioteca que quedaba entre Notting Hill y High Street Kensington. Allí usaba Internet gratis durante una hora para escribir e-mails a colegas y después me iba a algún sitio barato a comer.
Hasta esa hora no me había gastado nada lo que era un triunfo en Londres y, para el lunch solía moverme en un presupuesto de entre dos y tres libras al día. Lo que más me gustaba era salir de la biblioteca y aparecer en la calle de High Street Kensington, entrar al Mark's & Spencer (Marks & Expensive para los Londoners) y comprarme el sandwich más barato (no puedo recordar el nombre) y una pinta de leche de 0,33 peniques.
Aunque me costaba casi más tiempo coger el metro que caminar de vuelta solía volver al hostel en la Circle Line o Green Line, era el glamour de usar mi Oyster Card. Allí siempre nos congregabamos la gente que no teníamos nada que hacer a mediodía y nos agrupábamos para ir a hacer turismo y descubrir alguna parte de Londres.
El turismo solía acabar antes de las seis y media, hora de la cena en la Bowden Court. Si acababa mucho antes me daba tiempo de ir a la TV Room a ver el capitulo de Friends de antes de cenar junto con alguno de los locos cuarentones que vivían en el hostel, si llegábamos un poco más tarde entonces nos tocaba comernos el pollo más raquítico que nadie había querido y compartir mesa con personajes como el Torito o Daniela. Hasta aquí, en general seguía manteniendo el presupuesto.
La cosa se desmandaba a partir de las ocho de la tarde, entre el hambre que tenía por no haber comido apenas y que empezaba la hora del botellón mi bolsillo temblaba. Podía tocar borrachera en la TV Room, salida al Walk About del lunes, al Walk About del Jueves, Quixotes, la Caña de España, habitación 334, … fuera como fuera el dinero volaba y el presupuesto se descontrolaba pero yo no me daba cuenta porque me sentía muy feliz con ese estilo de vida… lo malo fue que como no tenía patrocinio el dinero se acabó y tuve que volver el mes de diciembre a trabajar a Valencia para volver a tener algo en los bolsillos y poder regresar en enero a Londres donde a la vuelta sí busqué trabajo…
Durante el primer mes de mi nueva vida tenía un ritual diario basado en el ahorro como premisa. Me levantaba por la mañana, desayunaba con tostadas frías algo gomosas en el hostel y embutido en mi chaqueta militar verde del ejército alemán que pesaba un quintal cogía el metro en Notting Hill para ir hasta Chancery Lane. En general tenía que bajar una parada antes y caminar bajo la lluvia porque La Gran Irene venía a la misma academia de inglés, y cuando llegábamos a Holborn sudaba tanto que me imploraba que bajáramos mientras se despegaba el flequillo mojado de la frente.
Tras la academia volvía al hostel, dejaba los libros y me iba caminando a la biblioteca que quedaba entre Notting Hill y High Street Kensington. Allí usaba Internet gratis durante una hora para escribir e-mails a colegas y después me iba a algún sitio barato a comer.
Hasta esa hora no me había gastado nada lo que era un triunfo en Londres y, para el lunch solía moverme en un presupuesto de entre dos y tres libras al día. Lo que más me gustaba era salir de la biblioteca y aparecer en la calle de High Street Kensington, entrar al Mark's & Spencer (Marks & Expensive para los Londoners) y comprarme el sandwich más barato (no puedo recordar el nombre) y una pinta de leche de 0,33 peniques.
Aunque me costaba casi más tiempo coger el metro que caminar de vuelta solía volver al hostel en la Circle Line o Green Line, era el glamour de usar mi Oyster Card. Allí siempre nos congregabamos la gente que no teníamos nada que hacer a mediodía y nos agrupábamos para ir a hacer turismo y descubrir alguna parte de Londres.
El turismo solía acabar antes de las seis y media, hora de la cena en la Bowden Court. Si acababa mucho antes me daba tiempo de ir a la TV Room a ver el capitulo de Friends de antes de cenar junto con alguno de los locos cuarentones que vivían en el hostel, si llegábamos un poco más tarde entonces nos tocaba comernos el pollo más raquítico que nadie había querido y compartir mesa con personajes como el Torito o Daniela. Hasta aquí, en general seguía manteniendo el presupuesto.
La cosa se desmandaba a partir de las ocho de la tarde, entre el hambre que tenía por no haber comido apenas y que empezaba la hora del botellón mi bolsillo temblaba. Podía tocar borrachera en la TV Room, salida al Walk About del lunes, al Walk About del Jueves, Quixotes, la Caña de España, habitación 334, … fuera como fuera el dinero volaba y el presupuesto se descontrolaba pero yo no me daba cuenta porque me sentía muy feliz con ese estilo de vida… lo malo fue que como no tenía patrocinio el dinero se acabó y tuve que volver el mes de diciembre a trabajar a Valencia para volver a tener algo en los bolsillos y poder regresar en enero a Londres donde a la vuelta sí busqué trabajo…
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