En la última parte del viaje de Vietnam nos acompañó una de esas personas que son curiosas de conocer. Fue entre Ho Chi Minh City (Saigon) y el Delta del Mekong.
Cuando aterrizamos en Saigon (a mi me gusta más llamarlo así) nos estaba esperando un guía para todo nuestro grupo. Por primera vez no era asiático, sino sudamericano. Era un tipo bajito con gorra y melena que le asomaba por detrás cual Ximo Bayo, tez morena, de constitución ancha y con una amplia sonrisa. Yo habría jurado que era boliviano cual Evo Morales pero resultó ser cubano. Su autobús tampoco parecía asiático, estaba todo decorado con borlas de color rosa y una tele de plasma.
Wilbert llevaba unos ochos años en Saigon, su mujer que era vietnamita, había estado en Cuba estudiando según un programa de intercambio que tiene Vietnam con Cuba, y allí había conocido a nuestro guía, se habían casado y al volver esta a su país lo había reclamado dandole la posibilidad de salir de Cuba a Wilbert. Tanto tiempo en este país e influenciado por el comunismo desde niño Wilbert era muy feliz en Vietnam, adoraba todo lo del país, estaba contento de la gran evolución que estaba teniendo el país gracias a sus lideres y veneraba a la figura de Ho Chi Minh al que él cariñosamente llamaba 'Tio Ho Chi' que es como le llamaban los niños durante la guerra.
Todas las frases de nuestro guía empezaban igual - 'Buenos amigos...'- y como buen sudamericano tenía una retórica excelente e inacabable siendo capaz de pasarse más de tres horas de autobús sin parar de contarnos cosas. Gracias a él entendimos como funciona la educación, la sanidad, el sistema comunista/capitalista y pudimos ver la guerra de Vietnam contada desde el punto de vista del vietnamita (muy opuesto al que estamos acostumbrados a ver y leer).
En general debo decir que le cogí cariño en los pocos días que le conocí. Nos enseñó una realidad que otros guías no nos habían mostrado, nos dió aventuras como subir a un ferry nocturno en medio de un atasco, atravesar tuneles en Cu-Chi normalmente no visitados o llevarnos en barca por un pueblo recondito para que vieramos en la situación que viven algunas personas.
Nos despedimos de él cuando nos dejó en el embarcadero del hotel de lujo para coger la lancha rápida a Camboya. Nosotros habíamos dormido ahí, él y los conductores habían tenido que buscarse la vida por su cuenta. Su cena habían sido unas galletas que habíamos comprado en un poblado por hacer un favor a los niños y que luego le habíamos regalado en lugar de tirarlas. Nos dejó sonriendo y sabiendo que le esperaban nueve horas de viaje de vuelta a Saigon donde empezaría otra vez el recorrido de tres días con el siguiente grupo. La verdad creo que había mucho que aprender de su actitud cara a la vida...

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